martes, abril 14, 2009

Viajes (II): Camino de Santiago

Ahí va la segunda entrega del diario del peregrino, espero que os guste:

Día 1:

Las cinco de la mañana es la horrible hora en la que el despertador me avisó de que tocaba levantarse. En este momento comenzó uno de los viajes más maravillosos que he emprendido jamás. Me esperaba un día muy largo, había que coger dos aviones y dos autobuses hasta llegar al principio del Camino Francés, uno de los ramales del Camino de Santiago.


Apenas diez minutos más tarde ya estoy listo y dispuesto para que me pasen a recoger. Lo he comprobado todo mil veces, pero siempre tengo la sensación de que me dejo algo. Bajo al portal y al cabo de unos minutos llegan Tolo y su padre y nos dirigimos sin mucha charla al aeropuerto, aún estamos dormidos. Facturamos las mochilas y esperamos soñolientos la salida de nuestro vuelo. Tenemos suerte y no hay retrasos. Ya en Barcelona y con tiempo suficiente para encontrar nuestra puerta de embarque para Bilbao, la espera la aprovechamos para hablar y hacer conjeturas sobre cómo plantear la primera etapa: la hora de levantarse, cómo iban a ser las pendientes que teníamos en la guía, cuestiones que no se resolverían hasta que empezáramos a caminar. El vuelo de Barcelona a Bilbao discurrió sin problemas ni sobresaltos. Una vez en el aeropuerto de Bilbao, vemos con agrado que nuestras mochilas han llegado al igual que nosotros, sanas y salvas. El aeropuerto no es muy grande y enseguida encontramos la salida. Lo que vimos no fue muy halagüeño, el cielo estaba encapotado y hacía un poco de fresco, no nos favorecía que lloviese, ir por caminos embarrados podría ser muy pesado.


Como no habíamos tenido la previsión de mirar los horarios de los autobuses que salían del aeropuerto hacia la estación, cogimos un taxi y como es costumbre en España, el taxista se encargó de animar nuestro viaje. Nos comentó que aún siendo un día nublado y con 20 grados era un día estupendo, lo cual nos sorprendió, ya que viniendo de Mallorca y a principios de Setiembre, ese tipo de días es un desastre. Nos comentó algo sobre la ciudad, que la están intentando revitalizar, pues en los fines de semana no hay nadie, todo el mundo se va fuera. Llegamos a la estación de autobuses pero aún faltaban unas dos horas para que saliese el autobús hacia Pamplona, así que decidimos dejar las mochilas en la consigna y pasear un poco por Bilbao, pero antes de dejar la estación tuvimos la precaución de comprar los billetes. Y ya con ellos en la cartera fuimos a ver San Mamés, el campo del Athletic de Bilbao, ya que se hallaba cerca. La verdad es que para ser un estadio tan famoso es bastante feo por fuera, se asemejaba una nave industrial con toda la fachada forrada de chapa.


Sin saber muy bien donde íbamos llegamos a orillas del Nervión, dimos un corto paseo viendo como unos chicos practicaban remo mientras el entrenador les iba gritando las instrucciones desde la orilla. Aunque era pronto decidimos ir a comer y nos dirigimos a centro comercial que había cerca, después de verlo un poco y corroborar lo que nos dijo el taxista, que en Bilbao no hay nadie durante los fines de semana, decidimos ir al único bar que tenía la cocina abierta a esas horas. Nos decidimos por un plato combinado de huevos, morcilla, bacon y chorizo. El camarero nos dijo que no era muy grande ya que un niño podía comérselo sin problemas, cuando nos trajeron la comida comprobamos porque los vascos tienen la fama que tienen, se trataba de una ración inmensa y nos costó acabárnoslo entre los dos, lo que nos llevó a preguntarnos que clase de niños eran los vascos para poder tragar tal ingente cantidad de comida. Después de la copiosa ingesta decidimos volver a la estación y nos tomamos con calma la vuelta. Al llegar recogimos las mochilas y fuimos a la parada. Tras una breve espera llegó el autobús y nos subimos.
Como ya llevaba muchas horas levantado decidí pegar una cabezadita mientras Tolo se entretenía con la consola. A medio camino me desperté y pude ver que estaba lloviendo, tenía la esperanza de que la lluvia no llegase a Roncesvalles. Al cabo de dos horas llegamos a Pamplona, con la que nos reencontraríamos dos días después. Después de callejear un poco llegamos a la estación de autobuses, toda la terminal se encontraba bajo las calles de la ciudad, los andenes en disposición circular daban una sensación de amplitud, cosa que se agradecía al estar en un subterráneo. Nos bajamos del autobús y nos dispusimos a averiguar dónde podíamos adquirir los billetes hacia Roncesvalles, así que nos acercamos con las mochilas, que ya se nos hacían bastante pesadas, a una taquilla y esperamos a que alguien con aspecto de peregrino se acercase y comprase un billete. No tuvimos que esperar mucho, al cabo de unos instantes se acercaron dos chicas, las dos delgadas, una morena y la otra castaña con el pelo rizado. Cuando nos aseguramos que habían adquirido el trayecto a Roncesvalles las imitamos e hicimos lo mismo, ahora ya nos quedaba muy poco para llegar a nuestro primer objetivo. Cómo aún nos quedaba una hora antes de que saliese el autobús decidimos ver un poco la estación, una más, con un restaurante de comida rápida, algunas tiendas y quioscos y en unos minutos ya la teníamos vista, así que decidimos ir a la sala de espera. Allí había mucha gente que compartía nuestro camino, gente que parecía de lugares muy lejanos, algunos asiáticos, otros del norte de Europa... Mucha más gente de la que podíamos imaginar, no teníamos ni idea de que el camino de Santiago atrajese a tanta s personas y procedentes de ligares tan dispares.
Cuando aún faltaban 15 minutos para que partiese el autobús, este aún no había llegado, pero la gente empezaba a moverse y se posicionaba cerca del andén en el cual debía aparcar. Decidimos imitarlos, era mucha la afluencia y preferíamos no tener problemas a la hora de poder subir al transporte. A medida que la hora de salida se acercaba una pequeña multitud se congregaba en el andén intentando, sin mucho éxito, formar una cola ordenada. Cuando llegaron los dos autobuses, uno de dos pisos y el otro normal, se desató el caos, la gente se abalanzó sobre ellos como si de refugiados intentando salir de un país en guerra se tratasen, el tumulto luchaba para poder dejar sus mochilas y subir al autobús. Tolo y yo decidimos ir al lado derecho del autobús de dos pisos, ya que no había tanta gente acumulada, dejamos nuestras mochilas y nos dirigimos a la puerta, después de algún que otro codazo conseguimos subir, nos acomodamos en nuestros asientos y esperamos a que nos fuéramos de allí.
El cansancio ya era notorio y enseguida me quedé dormido, de vez en cuando abría un ojo y podía ver un poco del paisaje, no me importaba perdérmelo ya que dos días después lo volvería a ver con más calma. Después de una hora escasa de viaje llegamos al fin a nuestro primer objetivo: Roncesvalles. En un principio me decepcionó un poco, ya que básicamente el pueblo no tenía mas que unas cuantas casas a ambos lados de la carretera que lo atravesaban. De inmediato nos informarnos dónde podíamos cenar y dormir. Para poder hacerlo en el albergue de peregrinos se necesitaba una credencial, así que fuimos al otro lado del pueblo, donde adquirimos la credencial y el primer sello. Nos informaron de que en la iglesia se celebraba una misa para peregrinos, y decidimos asistir. Al salir ya teníamos vía libre para acceder al albergue, la nave de una antigua iglesia ahora llena de literas, calculamos que cabrían unas ciento veinte personas dispuestas en tres filas, en la entrada unas estanterías para dejar las botas y así evitar manchar el lugar. Entramos un poco desorientados y un hombre de una cincuentena de años, alto, con el pelo blanco y acento extranjero nos indicó las normas básicas del albergue, a las diez se cerraban las puertas y a las seis las abrían, en la planta inferior estaban las duchas y la coladuría, también había algunos ordenadores con conexión a internet.
El hospedero nos dijo que era de Holanda, había hecho el camino y se había enamorado de él y desde entonces cada año iba a hacer de hospedero por los albergues del camino. Nos indicó que en el pueblo había dos restaurantes que ofrecían cena, así que fuimos a uno de ellos y reservamos dos sitios para cenar, después de pagar decidimos visitar un poco Roncesvalles.
Justo en la entrada del pueblo hay un cartel que indica la distancia a la que está Santiago de Compostela, lo cual no es muy esperanzador ya que marca setecientos noventa kilómetros, toda la gente hacía cola para hacerse una foto con ese cartel.
No es que seamos especialmente creyentes, pero queríamos asistir a uno de los momentos con más mística del Camino. La pequeña iglesia se llenó de peregrinos y vecinos de los pueblos de los alrededores. Había gente de todos los rincones del mundo, lo que me sorprendió mucho, no me esperaba que el Camino de Santiago fuese tan conocido, hubo una persona que me llamó la atención. Una chica situada cerca de nosotros que llevaba unos pantalones del Consell de Mallorca, me resultó curioso que hubiese más gente de Mallorca allí. La ceremonia no fué muy larga y el cura hacía constantes referencias al Camino, de hecho casi al final nombró todas las procedencias de los peregrinos asistentes ese día. Había gente de todas las nacionalidades, desde Canadá hasta Nueva Zelanda pasando por todos los lugares posibles, Estados Unidos, Brasil, Francia, Gran Bretaña, Turquía, Rusia, China, Japón, Taiwan...

Cuando acabó la misa dijo que los peregrinos nos acercásemos y que el resto podía marcharse en paz. Nos acercamos y procedió a dar una bendición para los peregrinos en varios idiomas, inglés, alemán, italiano...

Al final nos sentamos en unos bancos al sol para disfrutar de los últimos rayos del día, cuando empezó a hacer frío entramos y empezamos a preparar las cosas para el día siguiente, el saco, la ropa. El albergue era un hervidero, todo el mundo hacía algo, unos preparaban la vestimenta, otros lavaban, otros se duchaban.... Para cuando terminamos ya era hora de cenar y nos dirigimos al restaurante, estaba atestado de gente y se hizo difícil entrar, al decir que teníamos reservada una mesa para dos, nos indicaron que pasásemos al comedor. Me extrañó que nos hiciesen pasar, ya que estaba lleno y no había mesas libres, entonces una de las camareras nos dijo que nos sentáramos en la misma mesa que dos chicas, no me sorprendió ya que era normal que la gente tuviese que compartir las mesas dada la gran afluencia. Como vimos más adelante ésta era una práctica habitual durante el camino. La cena consistió en pasta y pescado, algo ligero y con hidratos de carbono para tener energía para la larga caminata del día siguiente.
Una vez que dimos cuenta de la cena regresamos al albergue con la intención de dormir. Nos habíamos levantado muy pronto y el cansancio se hacía patente. Así que nos encaramamos a nuestra litera y empezamos a dejar las cosas listas para el día siguiente, decidimos poner las alarmas de los móviles a las siete de la mañana, para habiendo recogido los bártulos y desayunado partir antes de las ocho, una buena hora para empezar a caminar. Nos metimos vestidos en los sacos, ya que daba un poco de reparo quitarse la ropa con tanta gente pululando. Una vez ya bien embozados dentro nos desvestimos, resulta más cómodo dormir con poca ropa en un saco. Al poco rato me quedé dormido con la esperanza de no oír ronquidos que me importunasen durante la noche.